Politica futbol

Me encanta el fútbol, debo reconocer que me encanta ver la programación de fútbol que ofrecen los distintos canales de deportes casi a diario y disfrutar de un buen partido cuando el trabajo da la oportunidad de ello.  Hincha seguidor desde pequeño del Atlético Nacional, y poco después también del Manchester United, he disfrutado de los triunfos y desventuras de ambos equipos desde que tengo uso de razón.  Recuerdo la última vez que Manchester ganó la Champions League, estaba en un parcial en la universidad, y lo recuerdo bastante bien porque en pleno examen sentí el grito de gol y se me olvido completamente el tema que estaban evaluando, mi mente se fue del salón y empecé a divagar como estaría el partido, quien habría metido el gol, solamente 20 minutos antes de entregar logré de nuevo enfocar mi mente y terminar el examen, que gracias a Dios logré pasar.  También recuerdo cuando Nacional gano la Libertadores por allá en el 89, la emoción la euforia y la alegría que este título generó, la primera vez que Colombia y que un equipo netamente colombiano, ganaba un título de orden continental, inmensamente orgulloso y con el pecho inflado los hinchas del verde mirábamos por encima del hombro a los otros equipos colombianos, que jamás habían obtenido semejante resultado, hasta el 2004, cuando el Once Caldas logró repetir la hazaña, a la fecha, ningún otro equipo colombiano ha podido hacer semejante gesta.

Pero esta columna no la voy a usar para hablar de fútbol, o no al menos del fútbol en sí, de las bellas jugadas, de las madreadas de los árbitros, de los triunfos aturdidores ni las derrotas frustrantes, en esta ocasión quiero aprovechar para citar una columna de Eduardo Galeano, escrita en 1964, un excelente escritor latinoamericano, que muchos actualmente tildarías de neocubano, o socialista del siglo XXI, como estamos volviendo a la polarizada sociedad en la que todo es blanco o negro, de todas maneras me encantó y la quiero compartir con ustedes, ya el lector decide si concuerda o no con la visión del autor, en lo personal me parece bastante acertada y el modelo se repite 40 años después.

Con un inesperado vaivén, el puntero elude al defensa e inicia una corrida hacia el centro, el entreala aprovecha la distracción y acompaña la carga desde la punta; otro defensa vacila y al final decide vigilar al entreala; entonces el puntero amaga un pase, alerta de ese modo los reflejos condicionados de dos o tres contrarios, se hamaca otra vez, e imprevistamente lanza la pelota a un ángulo; pero el golero curado de espanto, avispado como un radar, alcanza a pellizcar aquella envenenadísima intención y la saca al corner.  En las tribunas a medida que la jugada progresa, la gente se va incorporando, poniéndose tensa, para estallar finalmente  en un alarido estremecedor.

¿Cuál es el secreto impulso de esa reacción colectiva? ¿Se trata únicamente de un salvaje estallido o hay también una extraña asunción de la posible belleza, del innegable interés humano, incluidos en ese juego de escamoteo y fortaleza, de agilidad e inventiva, de elusiones casi intelectuales y trancadas demasiado corpóreas?  Tal vez haya de todo un poco.  Por algo el fútbol ha interesado a todas las capas sociales, y es quizás el único nivel de nuestra vida ciudadana en que el acaudalado vicepresidente de directorio no tiene a mal hermanarse en el alarido con el paria social.

Algún día habrá que estudiar la estrecha relación existente entre la institucionalidad del fútbol como deporte nacional y su contemporaneidad con el apogeo de nuestra democracia liberal  Por algo ambos deportes (fútbol y democracia) han decaído simultáneamente, no sólo en cuanto se refiere a la habilidad de sus cultores, sino también en el entusiasmo público.  Cada vez hay menos jugadas geniales en el Estadio; cada vez hay más trancadas desleales en la política.  Es descreimiento popular afecta hoy a ambos órdenes, y si el público sigue concurriendo a la Olímpica y al cuarto secreto, es más por un hábito que por convicción expresa.

Hace mucho que el deporte tiene entre nosotros, el significado de una anestesia colectiva.  Tal vez no haya habido premeditación, pero lo cierto es que a los poderosos este frenesí popular, este barbitúrico social, les vino al pelo.  El fervor de sábados y domingos es estupendo por varias razones, entre otras porque sirve para olvidar las incumplidas promesas de los jerarcas, la injusticia y las componendas del resto de la semana.  Sirve también para canalizar la violencia (desde el punto de vista de la empresa privada y otros religiones del Mundo Libre, siempre es preferible que la gente se la agarre con el árbitro y no con el oligarca o el latifundista) y canalizarla de modo tal, que no vaya a conmover las estructuras ni a amenazar los dividendos.  Para decirlo en términos futboleros:  una violencia que tiene permiso para rozar el travesaño pero que obligatoriamente debe salir desviada.

Por otra parte, el fútbol se inscribe cómodamente en el mentiroso símbolo de nuestras gloriosas igualdades.  Allí no hay privilegiados: todos (el senador, el industrial, el empleado, el obrero, el menor inadaptado) posan democráticamente sus respectivas regiones glúteas sobre el duro cemento igualador.  Todos gritan el gol, todos denuncian el orsai, todos agravian al juez.  Cuando suena la pitada final, el entusiasmo forma coros, bate parches, sube al cielo.  Nadie percibe que, a partir de aquella pitada, las distancias sociales han sido restablecidas.  Eufórico, enronquecido y amnésico, el obrero vuelve a su casa colgado del 143; también el senador vuelve a su confort carrasqueño, pero lo hace en el impresionante colachata, cuya privilegiada adquisición él mismo se votó.  Después de aquella inofensiva, brevísima igualdad de 105 minutos, todo vuelve a la normal, consagrada injusticia.

Pero el pueblo queda exhausto, desahogado, vacío.  Su voz, enronquecida por los goles, los penales errados, las expulsiones injustas, ya no está para reclamar reformas agrarias, cambios de estructura, justicia social.  La cuota de agresividad se le agotó en sus diatribas a los jueces linesmen, y es muy poca la que le queda para renegar de quienes realmente lo explotan, lo engañan, lo estafan, en rubros por cierto más graves que un penal no cobrado.  Su capacidad de denunciar se gastó en los controvertidos orsais y ya no le queda ánimo para marcar a los responsables de menos inocentes infracciones.  El político con su extraña y sórdida lucidez que da la demagogia, ve claramente el sentido usufructuable de esas fatigas y las remata convirtiéndose él mismo en dirigente deportivo.

Hay quien dice que ahora va poca gente al fútbol.  ¿Será buena o mala señal?  Parece que ya no alcanzan el incentivo de la tarde de sol, el interés de los puntos en pugna, el presumible brillo de las “vedettes”, el amenazado título de invicto.  Todavía es prematuro extraer conclusiones.  El deporte, como tal, es el gran inocente de esta historia.  Sería realmente saludable que el pueblo practicara y presenciara el fútbol como distensión, como higiene física y mental, como entretenimiento.  No es en cambio tan saludable que lo practique o lo presencie como principal razón de su vida, como el sólo orgullo nacional, como única válvula de escape, sucedánea de más plausibles tomas de conciencia.  El cándido, inocente fútbol no tiene la culpa de que los líderes nacionales lo haya promovido más y mejor que al subversivo Reglamento Provisorio de 1815.  De todos modos, no es muy estimulante pensar que la misma gente que hoy asume la más violenta defensa de Peñarol o de Nacional no sea sin embargo capaz de indignarse cuando nuestros prohombres fabrican sus privilegios, o cuando el Tío Sam inspira las aquiescencias de nuestros consejeros y agravia nuestra economía con medidas de estilo colonial.  Es posible que muchos (el fútbol tiene su buena red de intereses creados) consideren que hablar en estos términos configura un sacrilegio de esa cultura física.  Pero en realidad nuestra intención es más modesta.  En un momento en que la crisis golpea cada vez más fuerte, la desocupación extiende su vigencia, la corrupción invade nuevas zonas y el gobierno parece cada vez más incapaz y atomizado; en este instante de desgraciado y confuso que vive el país, el pueblo debe prestar a cada tema la atención que se merece, la importancia que realmente tiene.  Dentro de ese panorama, el fútbol no parece ser el tema más urgente.

(Publicado en el diario Época, 20 de octubre de 1964)


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Interesantes consejos para el manejo de nuestra vasta (no basta) lengua española, para tener en cuenta.

Lo primero que debemos saber, es que las tres son palabras homónimas, ¿ y qué es eso?

Pues son palabras similares, pero tienen un significado parcial o totalmente diferente. En la gramática existen dos clases: los homógrafos, que se escriben y se pronuncian igual, pero tienen significados diferentes, y los homófonos, que se pronuncian igual, pero se escriben distinto.

Ejemplos de cada uno:

Homófonos

sierra (hoja de acero para cortar)

cierra (del verbo cerrar)

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cien (número)

sien (parte de la cabeza)

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meces (de mecer)

meses (plural de mes)

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Homógrafos

vino (bebida)

vino (del verbo venir)

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mango(fruta)

mango (de un sartén)

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copa (vaso)

copa (tope de un árbol)

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Por lo tanto, nuestras palabras estrella de esta nota, son homónimas – homófonas, y su significado es el siguiente:

Vaya:

1. interj. U. para comentar algo que satisface o que, por el contrario, decepciona o disgusta. Pablo ha aprobado todas las asignaturas, ¡vaya! No podemos ir al teatro: se ha suspendido la sesión, ¡vaya!

2. interj. U., antepuesta a un sustantivo, en construcciones exclamativas, para conferir sentido superlativo a las cualidades buenas o malas, según sean la entonación y contexto, que se reconocen en la persona o cosa designadas por dicho sustantivo. ¡Vaya mujer! ¡Vaya reloj que te has comprado!

(3.ª pers. de sing. del pres. de subj. de ir).

3. Del verbo ir. Ejemplo: Quiero que él vaya conmigo a la fiesta.

Valla:

(Del lat. valla, pl. de vallum, estacada, trinchera).

1. f. Vallado o estacada para defensa.

2. f. Línea o término formado de estacas hincadas en el suelo o de tablas unidas, para cerrar algún sitio o señalarlo.

3. f. Cartelera situada en calles, carreteras, etc., con fines publicitarios.

4. f. Obstáculo o impedimento material o moral.

5. f. Dep. Obstáculo en forma de valla que debe ser saltado por los participantes en ciertas competiciones hípicas o atléticas.

Baya:

(Del fr. baie).

1. f. Tipo de fruto carnoso con semillas rodeadas de pulpa; p. ej., el tomate y la uva.

2. f. Planta de la familia de las Liliáceas, de raíz bulbosa y hojas radicales, que son estrechas y cilíndricas. El bohordo, de diez a doce centímetros de altura, produce en su extremidad multitud de florecitas de color azul oscuro.

Fuente: Diccionario de La Real Academia Española

vía Saquemos la lengua: Diferencia entre vaya, valla y baya.

Recuerdo que fué en mi infancia que tuve la primera alusión a este nombre ‘Carlos Coriolano Amador’, un vecino de mi edad era algo así como el tataranieto de este personaje y el me cóntó de las riquezas de su ancestro.  Siempre he sido un aficionado a leer sobre historia e indagué un poco mas sobre este personaje, hasta conocer la célebre historia del ‘Palacio Amador’, un fastuoso edificio localizado cerca al Parque de Berrío, en lo que es ahora el horrible edificio de Telecom, lastimosamente los paisas, gracias a nuestra pujanza nos hemos dado el permiso de olvidar de donde venimos y todos los días tumbamos edificios ‘viejos’ y levantamos nuevas edificaciones, feas en algunos casos, otras que nos llenan de orgullo para después darnos cuenta que no son más que una vil copia de otras edificaciones en el mundo.  Nótese el parecido de nuestor queridísimo Edificio Inteligente con el Lloyd’s Building de Londres para que tengan una idea de lo que hablo, el estilo y anodizado de las escalas exteriores es idéntico, la estructura muy similar, pero acá nos llenamos de aire los pulmones diciendo que somos ‘innovadores’, pero bueno lo importante que recalco acá, es que ciudades modernas y famosas del mundo, como por ejemplo Londres o Nueva York, han tenido la tentación de derribar edificios emblemáticos de su historia, Jackeline Kennedy Onassis, salvó el bellísimo edificio de Grand Central de ser derribado a mediados del siglo XX, en haras del progreso y ahora tienen un referente turístico y otro de los sitios icónicos de Nueva York recuperado para las futuras generaciones, causa una alegría inmensa entrar en esta edificación y ver como su inmensa bóveda cubre tanta vida y movimiento, pero a los paisas se nos olvidó esto, y seguimos tumbando edificios a diestra y siniestra, diciendo que es que ya es irrecuperable, como es de fácil decir eso cuando dejamos pasar años y años de decidia y falta de ánimo para tratar de recuperarlo, y para cuando ya no se puede hacer nada, ahí si decidimos demolerlo para poner enormes moles de cemento, a veces mal diseñadas y que contrastan feo con el espacio, lásmita, somos una raza orgullosa pero amnésica.

El 19 de octubre de 1899 es una fecha central en la historia colombiana: ese día rodó por las calles de Medellín el primer automóvil que hubo en el país. Horas después estalló la Guerra de los Mil Días.Innovar es un verbo que el diccionario define como “Mudar o alterar algo, introduciendo novedades”. Lo curioso es que en Medellín la innovación es una tradición.Así lo reconoce The Wall Street Journal, con base en un estudio de El Urban Land Institute ULI, donde se afirma que “pocas ciudades se han transformado como lo ha hecho Medellín. Las tasas de homicidio han caído en un 80 por ciento entre 1991 y 2010. La ciudad construyó librerías públicas, parques y colegios en zonas pobres”, señaló el ULI en un comunicado.Uno de los nombres ligados al empuje que ha caracterizado a los paisas es el de Carlos Coroliano Amador Fernández Medellín, 1835 – octubre 13 de 1919 el hombre que llevó a la capital de Antioquia, procedente de Francia, el primer carro que rodó por las tierras colombianas.

vía El primer carro que hubo en Colombia rodó en Medellín, la ciudad más innovadora del mundo | 20130301.

Este perrito no podría pertenecer a la famosa iglesia de Jesucristo Internacional MIRA.

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